Con máscaras, maquillajes o disfraces, muchos artistas viven en el anonimato, refugiados en la comodidad que da la posibilidad de guardar al personaje y salir a la calle sin que nadie los reconozca
Hoy en día es muy común que un artista de música pop se esconda detrás de una máscara o de un disfraz durante sus presentaciones, en algunos casos por timidez, en otros por una decisión estética o política y, a menudo, por estrategia comercial.
Una de las grandes lecciones de tantas décadas de exposición a la fama y la masividad para tanta gente, es que a veces mostrar menos deja más a la imaginación y que de paso ayuda a construir el mito, tan valioso para muchos.
Desde el maquillaje teatral de los años setentas del siglo pasado, hasta el misticismo digital de nuestra era, existen cientos de artistas que un día deciden que sus facciones no deben distraernos de lo más importante, que son sus notas musicales.
Mismas estrategias, diferentes objetivos
No deja de ser irónico que dos de las bandas que primero acudieron a los disfraces como parte de su propuesta visual, tuvieran objetivos completamente diferentes.
The Residents, es un colectivo artístico cuya filosofía se apoya en la idea de que un artista hace su mejor trabajo cuando no está influenciado por las expectativas del público.
Y es que mientras Kiss buscaba la fama en Nueva York, a principios de los setentas, a miles de kilómetros de ahí, en el sur de Estados Unidos, otra banda buscaba el anonimato ocultando sus rostros tras globos oculares gigantes y esmóquines. Ese grupo, que respondía al nombre de The Residents, es un colectivo artístico cuya filosofía se apoya en la idea de que un artista hace su mejor trabajo cuando no está influenciado por las expectativas del público.
Al ser anónimos, los integrantes del conjunto eliminan -porque aún existen- los egos individuales y dejaban a flote lo más importante, que era su música, una fusión de avant-garde, rock industrial y música electrónica asequible en decenas de producciones discográficas que los han mantenido vigentes hasta nuestros días y cuya huella puede seguirse puntualmente en el documental Theory of Obscurity: A Film About The Residents (2015).
Tras ellos, decenas de agrupaciones recurrieron a estrategias similares, como fue el caso de Giallo Queens, banda británica que contaba con miembros enmascarados y maquillaje teatral desde 1976, y de Misfits, que aunque no se maquillaron desde el principio, con el tiempo incorporaron su maquillaje, sucio y cadavérico, junto con su famoso “devilock” -un mechón de pelo largo peinado hacia adelante- como parte de su propuesta.
Ya en los ochentas, agrupaciones más extremas como GWAR, salían al escenario con elaborados disfraces de guerreros/monstruos con máscaras y trajes teatrales que eran parte esencial de su obra.
En esos mismos años saltó a la escena Buckethead, el guitarrista virtuoso que actúa con una cubeta de KFC en la cabeza y con una máscara blanca, simple e inexpresiva, inspirada en la película Halloween 4: El regreso de Michael Myers. El músico, que también incorpora nunchakus y bailes robóticos en sus actuaciones, se mantiene en el personaje en todas sus presentaciones públicas.
Hijos de la corriente iniciada por GWAR son bandas como Insane Clown Posse, el dúo de hip-hop originario de Detroit, quienes desde finales de los ochentas actúan bajo las personalidades de payasos malvados llamados Violent J y Shaggy 2 Dope, y también los metaleros noventeros Slipknot, famosos por el uso de trajes completos y máscaras únicas para cada miembro con las que podían desviar la atención de sus personalidades y centrarla en la agresión musical.
En una entrevista con Consequence, Shawn “Clown” Crahan, percusionista y cofundador del grupo, decía que sus máscaras forzaban a la gente a mirar dentro de sí misma, en lugar de enfocarse en la celebridad, mientras que el vocalista Corey Taylor ha mencionado en varias ocasiones que las primeras máscaras que usaban eran tan incómodas y antihigiénicas, que a menudo terminaban con infecciones cutáneas después de las giras.
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Hablando de corrientes extremas, no podemos obviar a las bandas europeas de metal que han hecho del maquillaje parte esencial de su indumentaria, desde los noruegos Mayhem, donde el maquillaje es utilizado como ritual mortuorio y negación del yo civil, hasta Darkthrone, que muestran maquillaje de calaveras austero, anti-escénico, ligado al aislamiento y la misantropía, pasando por grupos como Immortal, Gorgoroth y Tsjuder.
En esa misma liga juegan los suecos Watain, Marduk y Dark Funeral; los finlandeses Beherit, Horna e Impaled Nazarene; los polacos Behemoth y Mgła o los suizos Hellhammer y Celtic Frost, destacando que en cada caso el uso del maquillaje tiene una connotación específica, frecuentemente asociada con la deshumanización, la religión y la violencia, entre otros temas.
Creadores de beats anónimos
También en los noventas, aunque en otro género musical, surgió uno de los casos más emblemáticos de cómo se puede llegar lejos sin mostrar el rostro de los creadores.
Fue en 1993 cuando los franceses Guy-Manuel de Homem-Christo y Thomas Bangalter comenzaron a trabajar alrededor de distintas corrientes de la música bailable bajo el nombre de Daft Punk y poco antes de resguardar sus identidades con dos cascos de robot diseñados por Tony Gardner, para desplazar la atención del artista hacia la música.
Bangalter explicó en varias ocasiones que ambos eran personas tímidas y que querían separar su vida privada de la pública. “No somos modelos, somos músicos”, aseguraba.
Herederos de esa tradición dentro de la música electrónica son artistas más contemporáneos como Deadmau5, el DJ y productor famoso por su casco de ratón; Burial, el productor que mantuvo su identidad en secreto durante años, permitiendo que su sonido oscuro y melancólico definiera una época; The Knife, el dúo electrónico sueco que usaba máscaras y alter-egos visuales a mediados de los primeros dosmiles, y Miike Snow, quien sube al escenario con máscaras plateadas como parte de su presentación visual.
Otro icono surgido en el siglo 21 es MF DOOM, también conocido como el supervillano del hip-hop. La idea fue de Daniel Dumile, quien adoptó una máscara de metal inspirada en el Doctor Doom tras la muerte de su hermano y una etapa de depresión.
“Estoy de incógnito. Es todo nuevo y divertido”, decía el artista, destacando que en rap lo que debería importar es la rima, no el rostro del rapero.
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Como dato curioso, DOOM era famoso por enviar doombots o “impostores” a sus conciertos, para que actuaran por él, argumentando que el personaje del villano podía ser interpretado por cualquiera. Algo similar a lo que muchos hemos sospechado que podrían hacer personajes como Daft Punk.
Otras figuras que se han vuelto sumamente populares a pesar de (o gracias a) su anonimato son: Marshmello, DJ conocido por su casco de malvavisco blanco; SBTRKT, músico que empleó máscaras ceremoniales en parte de su carrera, y Sia, quien comenzó a ocultar su rostro en 2013 con pelucas de gran tamaño para lidiar con la ansiedad y evitar el escrutinio de la fama masiva.
La australiana ha dicho que quería una “fecha de caducidad” más larga para su carrera, y que al crear un icono visual podía enviar a otros a actuar por ella (como la bailarina Maddie Ziegler) y seguir haciendo música sin ser reconocida en el supermercado.
¿Es de sabios cambiar de opinión?
En la historia también hay un apartado para aquellos que alcanzaron la popularidad siendo anónimos, pero por alguna razón cedieron a la tentación de mostrar su verdadera identidad.
El caso más emblemático es el de Kiss, quienes alcanzaron niveles altísimos de popularidad, en parte gracias a su propuesta visual que incluía trajes y maquillaje que daban vida a sus personajes, más enfocados en la idea de ofrecer un gran show, que de ser precisamente anónimos.
En una conversación con Loudwire, el líder y cofundador de la banda, Gene Simmons, aseguraba que el suyo no fue un plan maestro de marketing desde el día uno -aunque sí que lo fue después-, sino una experimentación visual que terminó definiendo el rock de estadio.
Pero lo interesante fue que, después de diez años de carrera meteórica, un día el grupo decidió dejar los maquillajes y mostrarse tal como eran, en lo que fue uno de los momentos más impactantes para muchos seguidores del grupo.
Kiko Riojas, fan empedernido y propietario del bar Kiss Lounge, recuerda precisamente que la primera vez que vio a los miembros de Kiss sin maquillaje fue para él un shock:
“Por alguna razón me los imaginaba muy diferentes a cómo yo los estaba imaginando en ese momento… Poco antes de ese suceso, por supuesto que tenía muchísima curiosidad de cómo serían y me preguntaba si quizá ya los había visto alguna vez, ya que mi familia estaba en el negocio y me tocaba ver muchos artistas… Finalmente, después de aquel suceso (cuando el grupo se mostró sin maquillaje) me vino una sensación de nostalgia por volver a verlos maquillados y por supuesto que pensé que estaba más padre y que te mantenía más enganchado su única y original idea de no dejarse ver en público sin su maquillaje… Fue un momento triste que se lo quitaran y por supuesto que perdí aquella sensación de seguir pensando día con día en cómo eran”.
La influencia de los maquillajes de Kiss fue tal en el rock, que miles de bandas alrededor del mundo incorporaron esta opción, desde los mencionados Misfits, hasta Mercyful Fate y su líder King Diamond, hasta todos los grupos europeos de metal mencionados, aunque no todos reconozcan directamente esa herencia.
Otro caso importante de un artista que surge con una identidad visual, pero que en el camino cambia de dirección, es Gorillaz, la agrupación que crearon Damon Albarn y el ilustrador Jamie Hewlett en 1998 como una crítica a la falta de sustancia en la MTV de la época.
El proyecto permitía a Albarn explorar diferentes géneros sin el peso de ser “el cantante de Blur”. Según Hewlett, la idea era crear una banda que fuera un dibujo animado porque el mundo real del pop se había vuelto demasiado predecible.
Aunque el grupo llamó la atención gracias a su música, pero también a la creación de personajes como 2D, Murdoc, Noodle y Russel, rápidamente se dejó ver, sobre todo en los escenarios, que el rostro principal detrás del concepto era Albarn.
Algo similar pasó con Ghost, en donde hasta 2017 la identidad de “Papa Emeritus” era el secreto mejor guardado del metal, aunque tras una demanda de sus excompañeros de banda, Tobias Forge tuvo que revelar su verdadera identidad.
En entrevistas recientes, Forge admitió que perder el anonimato fue un alivio. “No soy lo suficientemente interesante para eclipsar lo que Ghost es profesionalmente”, dijo a la revista Louder e incluso confesó que las máscaras completas le causaban claustrofobia y ataques de pánico en el escenario.
El anonimato en el rock mexicano
En la capital mexicana, Los Esquizitos fueron una de las primeras bandas, no en usar máscaras de luchadores, sino en iniciar sin proponérselo el furor por este accesorio, el cual mostraron en la portada de su primer disco, en 1998.
El grupo que retomó el uso de las máscaras fue Lost Acapulco -una especie de derivación de Los Esquizitos-, quienes hasta la fecha portan esta prenda en todas sus apariciones, igual que muchas agrupaciones del surf rock nacional, como Sr. Bikini.
Existen casos curiosos, como el de Claudio Yarto, de Caló, quien sólo usa unas grandes gafas de sol en todas sus apariciones públicas, las cuales son suficientes para que no lo reconozcan en la calle cuando sale sin ellas, según ha comentado en diferentes entrevistas.
También destacan artistas como Austin TV, que aunque no usaban disfraces en sus inicios, posteriormente comenzaron a usar máscaras de conejo, disfraces de árboles, uniformes de soldados y máscaras de esgrima, dando a entender que su música era más interesante que su verdadera identidad, lo mismo que El Muertho de Tijuana, otro heredero de Kiss que ha hecho del anonimato una de sus cartas más fuertes.
Máscaras y personajes en el rock
En lo que se refiere al rock hecho en Estados Unidos, pero con raíces mexicanas, destaca Brujería, la banda de grindcore que se esconde detrás de paliacates y capuchas para alimentar el mito de que son delincuentes buscados por la ley, y de paso criticar duramente a personajes como Donald Trump, como nos dijo en su momento el propio líder de la banda, el desaparecido Juan Brujo.
Desde Nashville Tennessee, aunque con fuerte presencia en México, Los Straitjackets también tienen una importante trayectoria, igual que muchos de sus colegas del surf, enfundados en vistosas máscaras de luchadores.
Pablo Islas, comunicador y colaborador de este suplemento, recuerda una anécdota curiosa que tuvo con el líder de dicha agrupación, Danny Amis:
“Un día quedamos de vernos en el extinto Hard Rock Live, y cuando llegué sólo vi a un tipo trajeado en una de las mesas, como cualquier godín de Polanco… Así pasaron los minutos y me dijeron que ya había llegado, que lo buscara, hasta que se me ocurrió preguntarle y sí, era Danny, muy arreglado y sentadito con su saco. Antes de empezar la entrevista, me pidió que lo dejara ponerse la máscara, ¡y de ser un tipo súper tímido, boom, se convirtió en otro!”
Algo similar me sucedió en 2005, cuando tenía programada una entrevista con La Prohibida, la drag queen y cantante española que en ese momento visitaba por primera vez México. Llegado el día y hora de la cita, esperé pacientemente su llegada en la recepción de Ibero 90.9 FM, donde se realizaría la charla. Pasaron varios minutos y ella no se veía por ningún lado. Después de un rato me percaté de que por ahí, en un rincón, estaba un chico delgado y tímido. Era Luis Herrero, el artista que concibió a ese personaje y quien no avisó que no llegaría caracterizado -ni a mí se me ocurrió pensar en esa posibilidad.
Aclarado esto, pasamos a la cabina y la entrevista se hizo sin más contratiempos. Curiosamente, años después me tocó volver a entrevistarla en Rock 101 online, y aunque le esperaba sin caracterización, ese día sí llegó convertida en La Prohibida.
Historia del anonimato en el arte
Si nos remontamos a la Edad Media, el concepto de “artista estrella” no existía, porque el arte se hacía para la gloria de Dios, no del hombre. Los maestros del arte no ocultaban su identidad por ser rebeldes, sino porque simplemente se consideraban artesanos.
Entre los siglos XVIII y XIX, el seudónimo no se utilizaba por humildad, sino por supervivencia social y profesional, especialmente para las mujeres que querían ser tomadas en serio, en un mundo literario de hombres.
George Sand (Amantine Lucile Aurore Dupin), usó un nombre masculino para poder publicar y tener una libertad que a las mujeres de su época se les negaba; las Hermanas Brontë publicaron inicialmente como Currer, Ellis y Acton Bell, para evitar el prejuicio de que la escritura femenina era “demasiado sentimental”, y Charles Lutwidge Dodgson ocultó su identidad tras el seudónimo de Lewis Carroll, para separar su vida como matemático serio de su mundo de fantasía en Alicia en el país de las maravillas.
Fue hasta el Siglo XX, con la llegada de la fama masiva, que algunos artistas decidieron que la mejor forma de ser vistos era volviéndose invisibles. Así, Thomas Pynchon fue famoso por no haber concedido entrevistas ni permitido fotos oficiales, creando un aura de culto casi mística, lo mismo que J.D. Salinger, que tras el éxito de El guardián entre el centeno convirtió su privacidad en su obra más preciada.
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Hoy, ocultar la identidad es una declaración estética y política en un mundo obsesionado con la vigilancia y las selfies, un recurso publicitario del que echan mano artistas como Banksy, Elena Ferrante, las Guerrilla Girls y las Pussy Riot.
El anonimato en el arte ha pasado de ser una norma de humildad religiosa a una poderosa herramienta de marketing, activismo o simple protección de la cordura. A lo largo de los siglos, “desaparecer” ha sido una de las decisiones más creativas (y a veces necesarias) de muchos genios.
Fuente: El Sol de México
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