Más allá de las excentricidades de creadores como el pintor español, este es uno de los movimientos artísticos más fascinantes del siglo XX, y y aún tiene mucho que mostrarnos
Esta casa al revés, en el paseo marítimo de Brighton, ofrece una perspectiva invertida, como dicen quienes suelen verla, prácticamente surrealista. / Foto: ZUMA Press Wire via Reuters Connect
Una exposición a gran escala sobre surrealismo, inaugurada en París en 2024, tendrá su única versión estadounidense, “Dreamworld: Surrealismo a los 100”, en el Museo de Arte de Filadelfia del 8 de noviembre de 2025 al 16 de febrero de 2026.
En el lenguaje cotidiano, se usa “surrealista” para referirse a cualquier cosa increíble, fantástica o extraña.
Como historiador y crítico de arte, me parece sorprendente que una palabra que se originó en la jerga arcana de los círculos de arte moderno de París hace un siglo se haya vuelto tan familiar. Desde los cafés y estudios de la década de 1920, el término se ha extendido al lenguaje común, tocando una fibra sensible en torno a la extrañeza y el absurdo de la vida moderna.
Pero el surrealismo, el movimiento que acuñó el término y lo adoptó como su apodo, era mucho más que una rareza ostentosa. Si sólo piensas en los relojes flácidos de Salvador Dalí, plagados de hormigas, o en sus bigotes extravagantes y su (mal)comportamiento aún más extravagante, te estás perdiendo la mayor parte de lo que sigue haciendo del surrealismo uno de los movimientos artísticos más fascinantes del siglo XX, y las lecciones que aún encierra.
El surrealismo fue fundado por un grupo de jóvenes artistas parisinos, en su mayoría escritores, que se reunieron en torno a la carismática figura del poeta André Breton.
Durante la Primera Guerra Mundial, Breton trató a soldados del frente que sufrían lo que entonces se denominaba “neurosis de guerra” y que hoy conocemos como TEPT. Esta experiencia le abrió a estados mentales alterados y le introdujo en nuevas ideas del psicoanalista vienés Sigmund Freud sobre la estructura de la mente humana.
En estados de psicosis, pero también en sucesos cotidianos como los sueños y los lapsus lingüísticos, Freud vislumbró una región inexplorada de la psique: el inconsciente. ¿Por qué, se preguntaba Breton, no deberían la vida y el arte tener en cuenta estos aspectos de la experiencia humana? ¿No debería reconocerse también el valor de la parte de la existencia dedicada a soñar?
En un manifiesto publicado en 1924, Breton exigió “la futura resolución de estos dos estados, sueño y realidad, aparentemente tan contradictorios, en una especie de realidad absoluta, una surrealidad, por así decirlo”.
Política de la revolución
Freud acuñó el término “trabajo onírico” para describir la actividad que transformaba los restos de los recuerdos del día en vehículos para la expresión de nuestros deseos inconscientes.
Para los surrealistas, soñar no era simplemente el reino de la fantasía ociosa. Entendían que la síntesis de la vida dormida y la vigilia prometía una liberación tan radical como la del movimiento obrero revolucionario de su época.
Creían que superar la contradicción entre sueño y realidad complementaría la lucha de clases entre el proletariado global y sus opresores burgueses. El surrealismo era mucho más que un mero proyecto artístico; era también un medio para alcanzar un fin político mayor.
A un siglo de distancia, estas afirmaciones pueden parecer grandilocuentes o delirantes. Pero 1924, el año de la fundación del surrealismo, fue solo siete años después de la Revolución Rusa. Los surrealistas apostaron por el poder tanto de la revolución del arte y la poesía modernos como de la transformación política de la sociedad.
“‘Transformar el mundo’, dijo Marx; ‘cambiar la vida’, dijo Rimbaud. Estas dos consignas son una para nosotros”, dijo Breton, hablando con un grupo de escritores en París.
Pero para 1935, cuando Breton pronunció esta sucinta formulación, la apuesta de los surrealistas por la revolución ya estaba prácticamente perdida. Con las purgas de Joseph Stalin en marcha en Moscú y Hitler consolidando el poder en Alemania, la ventana para un cambio radical que parecía haberse abierto en los años posteriores a la Primera Guerra Mundial se estaba cerrando definitivamente.
Pronto, los surrealistas se verían dispersados en el exilio por un nuevo conflicto global. Solo faltaba que los museos y bibliotecas recopilaran las reliquias de ese ideal embriagador y preservaran las obras de arte y los objetos efímeros que registraban la breve búsqueda del surrealismo por liberar las fuerzas del inconsciente en nombre de un mundo nuevo y más libre.
La asignatura pendiente
Los surrealistas buscaban seducir a su público. Esa seducción no se llevó a cabo para vender sus pinturas, ni siquiera para brindarles un respiro de sus vidas ajetreadas. Se hizo en nombre de la subversión.
Las obras de arte surrealistas, incluso cuando cuelgan plácidamente en las paredes de los museos o descansan discretamente en los estantes de las bibliotecas, conservan al menos vestigios de ese poder.
En mi opinión, los mejores escritos recientes sobre el movimiento logran recuperar esa urgencia, ese atractivo, para nuestra época.
El centenario del surrealismo es un recordatorio de la asignatura pendiente del movimiento: la seducción revolucionaria. Después de todo, como Breton recordó a sus lectores al final de su manifiesto de 1924, la vida no está ligada a las realidades del mundo tal como se dan actualmente. “La existencia”, insistió, “está en otra parte”.
Fuente: El Sol de México